domingo, 10 de enero de 2010

-I-

Las tres de la tarde y el timbre del instituto por fin comenzaba a sonar, mis plegarias no habían caido en saco roto. Estaba contento a rabiar, tenía anécdotas que contar, estábamos a jueves, cenaba pizza y no sé, simplemente era feliz.

Charlaba entusiasmado con unos compañeros de clase sobre el examen de mañana, que era una chorrada, religión es una optativa y no hace falta hacer sudar el cerebro para una buena nota, mientras esperaba a Charlie, mi mejor colega.

Su verdadero nombre es Carlos pero en fin, asi satisface más su ego, supongo. Siempre he pensado que cuando la gente se tatua, se cambia el nombre o hace cosas parecidas, se va transformando en su alter ego, la persona que no somos, pero soñamos con ser.

De todas maneras, ya no recuerdo muy bien como pensaba antes de ser de la Familia.


Ya no sabía que tema de conversación sacar cuando Charlie llegó, me despedí de mis compañeros con un alegre "¡Hasta mañana gente!" mientras buscaba el móvil en el bolsillo de mi pantalón. Cuando estoy feliz se me nota, me transformo en una persona super simpática y agradable, no enfrascado en mi mundo como la mayoría del tiempo, con la mirada perdida pensando en vete a saber tú que retorcida reflexión.

Un niño inocente de 19 años, virgen y con historial de drogas y alcohol limpio, limpio como un folio en blanco.


Un folio en el que mucha gente escribiría con las manos sucias y mala letra. No me arrepiento de nada. De todas maneras... Como ya dije, no recuerdo como era antes de ser de la Familia.


Me senté en el autobús y metí las monedas del cambio en la cartera. Puta mierda de silla, siempre me acababa doliendo el culo, también odiaba como vibraba el cristal cuando se detenía en semáforos o paradas y seguía puesto en marcha. Si tenía la cabeza apoyada me llegaba a dar pequeños golpes por culpa de la vibración y salía súbitamente de mi ensimismamiento. Odio el transporte público, mejor dicho, todo lo que sea público en general. Digamos que soy un poco antisocial y misántropo, pero en fin, a nadie parecía importarle mucho.


Charlie hizo lo mismo que yo segundos después y no se molestó al encontrarme con el MP3 encendido, los pinganillos puestos y la mirada perdida en el cristal. El sabe que no paso de él, me conoce algo. Asombrosamente poco pese a nuestros años de amistad, culpa mía, supongo. Pero eso yo no lo sabía por aquel entonces. Aquel día fue el último día del monopolio de Charlie sobre mi amistad. De que Charlie era el mejor y lo mejor y por siempre.


Supongo que vivir es aprender a decir adios a todo lo que creemos que va a estar ahi para siempre.


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